EL SUEÑO QUE LA VIDA LE DEBÍA: LA HISTORIA DE JULIA, LA VECINA DE RÍO TERCERO QUE DECIDIÓ APRENDER A LEER Y ESCRIBIR
A sus 90 años, Julia Santos Ludueña comenzó a cumplir un anhelo que había postergado desde la infancia. En el comedor de su casa, y junto al maestro rural jubilado Guillermo Suaya, hoy aprende a leer y escribir en una historia de esfuerzo, perseverancia y superación que emociona a Río Tercero.

Sobre la mesa del comedor hay un cuaderno abierto, lápices de colores y hojas listas para una nueva clase. En pocos minutos llegará Guillermo Suaya, maestro rural jubilado y vecino de Julia Santos Ludueña. A sus 90 años, ella espera ese momento con la misma ilusión de quien comienza la escuela por primera vez. Tres veces por semana, ambos transforman ese rincón de la casa en un aula donde Julia avanza, paso a paso, en el aprendizaje de la lectura y la escritura, cumpliendo un sueño que había permanecido pendiente durante gran parte de su vida.
Tres veces por semana, ese rincón de la casa deja de ser un espacio cotidiano para convertirse en un aula. Allí, entre ejercicios, lecturas y conversaciones, Julia avanza paso a paso en el aprendizaje de la lectura y la escritura, una meta que durante años creyó inalcanzable, pero que decidió perseguir cuando entendió que todavía estaba a tiempo de hacer algo por ella misma.

La historia comenzó hace poco más de un año, cuando reunió el valor para caminar hasta la casa de Guillermo Suaya y pedirle ayuda. El docente, que dedicó gran parte de su carrera a enseñar en escuelas rurales y comunidades originarias del norte argentino, escuchó atentamente el pedido de su vecina y aceptó sin dudarlo. Desde entonces, cada lunes, miércoles y viernes comparte con Julia una hora de trabajo en la que no solo se enseñan letras y palabras, sino que también se construye una historia de perseverancia y superación.
La posibilidad de asistir a la escuela nunca formó parte de la infancia de Julia. Nacida en Villa Ascasubi y radicada desde joven en Río Tercero, creció en una época en la que muchas niñas quedaban al margen de la educación para colaborar con las tareas del hogar o comenzar a trabajar desde temprana edad. Mientras algunos de sus hermanos asistían a clases, ella asumía responsabilidades que fueron postergando aquel deseo de aprender.

Con el paso de los años formó su propia familia y la prioridad siguió siendo la misma: cuidar de los demás. Crió a sus hijos, acompañó durante mucho tiempo a su esposo mientras atravesaba problemas de salud y enfrentó pérdidas familiares que marcaron profundamente su vida. Sin embargo, nunca permitió que esas circunstancias apagaran la ilusión que había conservado desde niña.
Aun sin saber leer ni escribir, siempre les transmitió a sus hijos la importancia de estudiar. Se sentaba junto a ellos cuando hacían la tarea escolar y los alentaba a esforzarse, aunque ellos desconocían que su madre no podía leer los ejercicios que tenían frente a sí. Recién cuando fueron adultos conocieron esa parte de la historia familiar, que Julia jamás vivió con vergüenza, sino como una consecuencia de las oportunidades que la vida no le había dado.

Hoy esa realidad comenzó a cambiar. En cada encuentro con Guillermo Suaya aprende nuevas palabras, practica la escritura, realiza ejercicios de matemática y utiliza distintos materiales de lectura, desde libros hasta diarios y folletos. El avance ha sido constante y uno de los momentos que más emocionó a su maestro fue verla leer una noticia por sus propios medios, un logro que para cualquier persona puede parecer cotidiano, pero que para Julia significó derribar una barrera que la había acompañado durante décadas.
El aprendizaje también le permitió incorporar nuevas herramientas para desenvolverse en la vida diaria. Además de leer y escribir cada vez con mayor seguridad, comenzó a utilizar el teléfono celular para enviar mensajes de texto a sus hijos y continúa descubriendo nuevas posibilidades que antes parecían lejanas. Cada clase representa un paso más hacia una mayor autonomía y una satisfacción personal que disfruta con enorme entusiasmo.

Quienes la conocen destacan que mantiene una vida activa y participativa. Le gusta tejer, realizar manualidades, asistir a actividades recreativas y ocuparse de su hogar. Esa actitud, sumada a su permanente deseo de aprender, es la que más admira Guillermo Suaya, quien asegura que pocas veces encontró una alumna con semejante compromiso y entusiasmo por incorporar nuevos conocimientos.
Para el docente, esta experiencia también tuvo un significado especial. Después de una extensa trayectoria en la educación, jamás imaginó que volvería a abrir un cuaderno para acompañar a una alumna con una historia tan particular. Sin embargo, sostiene que cada clase confirma que enseñar sigue siendo una de las tareas más gratificantes cuando existe del otro lado alguien dispuesto a aprender con la dedicación que demuestra Julia.
Lejos de conformarse con los avances alcanzados, Julia ya piensa en nuevos desafíos. Quiere seguir perfeccionando la lectura, escribir con mayor fluidez, aprender costura, continuar realizando manualidades y sumar todo el conocimiento que todavía tenga por descubrir.
Su historia no habla únicamente de alfabetización. También refleja el valor de la perseverancia, la importancia de las oportunidades y la decisión de no resignar los sueños, aun cuando parezcan haber quedado demasiado lejos. En una mesa de comedor de Río Tercero, un cuaderno y un maestro acompañan cada semana a una mujer que decidió escribir, por primera vez, una parte de la historia que siempre quiso contar.
Lucas Fallocco Carranza
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